CONTINUACIÓN DEL CAPÍTULO ANTERIOR.
Elegí al psicólogo por las razones obvias: primero, figuraba en la cartilla de mi cobertura médica. Segundo, quedaba cerca de mi casa. Apenas lo vi me di cuenta de que era un error estar ahí. Que tal como siempre pensé y pienso, la terapia únicamente le sirve a los putos, a las minas y los progres. Me recibió con una baranda a incienso terrible y un par de botines de gamuza con suela de goma crepe que daban ganas de cagarlo a trompadas. En su consultorio/casa abundaban las artesanías rupestres, inequívoco indicio de alguna "reveladora" visita al altiplano. Al iniciar la sesión, puso un cd con una música onda new age. Por primera vez sentí la imperiosa necesidad de tener conmigo la Browning de Don Caprio.
Las reuniones preliminares fueron frente a frente en el escritorio, etapa llamada "psicodiagnóstico". Luego pasé al diván, lo cual representó un gran alivio porque de esa manera no tenía que fumarme su aliento a cadáver de guanaco.
Al cabo de varios meses, en los que según las palabras del mequetrefe me encontraba en "estado de psicosis inducida", decidí preguntarle si en algún momento iba a experimentar una mejoría en mi estado de ánimo, que estaba realmente por el piso. Me contestó con una serie de pajerías indescifrables, que iniciaba siempre con la misma frase pelotuda: "a ver". ¿A ver qué, pedazo de forro? La cosa no avanzaba y además resultaba muy cara.
Viajé a Rio de Janeiro con mis amigos y me curé. Me curó una chica que conocí en una "boite para turistas desacompanhados".
Me dijo "estás triste, ya se te va a pasar. Mientras tanto hacé cosas que te gusten, así vas a volver a sonreír. Cada vez que sonrías vas a espantar un poco a la tristeza. Nunca se va a ir, pero vos podés mostrarle que no te afecta. Matala con la indiferencia. No te olvides que la tristeza es mujer".
Parece una pelotudez, pero funciónó. Bah, en realidad cualquier cosa que te digan en Rio de Janeiro funciona. Esa ciudad tiene propiedades sanadoras. Hablan de ir a la India a meterse al Ganges. Las pelotas. Mi lugar sanador es el Posto 6 de Copacabana.
Como dice la canción de Roberto Menescal, "meu Rio da mulher beleza, acaba num instante com cualquier tristeza". Aprendí a ver la vida como un carioca: la tristeza siempre está, pero en vez de traducirla en tango la traducimos en bossa nova. En vez de patear fuerte al cuerpo del arquero tiramos una emboquillada como Romario. Si es gol es un golazo y si no es gol es linda la jugada.
Volví y le dije al psicólogo que no iba a ir más. Y se lo dije sonriendo, como para no dejar dudas.
Varios meses después me encontraba tratando de hacer la plancha emocional, siguiendo el consejo de la carioca pero obviamente con los altibajos del caso y de la edad. De la nada, recibo un llamado de mi ex, contactándome desde su nueva y maravillosa vida. Necesitaba el teléfono de Don Caprio para hacerle el pasaporte a un cliente de la empresa en la que trabajaba. Le recordé que Don Caprio no permitía que se diera su número telefónico. Ella, con el fastidio de tener que revisitar un momento de su anterior vida, soltó un "ah, cierto. Bueno, por favor decile que me llame. Chau".
CONTINUARÁ
viernes, 18 de noviembre de 2011
jueves, 10 de noviembre de 2011
Don Caprio. Capítulo 2.
CONTINUACIÓN DEL CAPÍTULO ANTERIOR.
Me reí, teniendo cuidado de no sonar burlón. Don Caprio se subió a mi carcajada dando por sentado que estábamos riéndonos del calzón cagado del boletero del cine.
Le dije que no sabía tirar. Bah, que en realidad nunca en mi vida había tirado. Entonces me explicó que eso era lo de menos. "Juancito, saber usar un arma no es lo mismo que saber disparar. Saber usar un arma es lograr que surta el efecto deseado sin tener que apretar el gatillo. Gastás balas, que son caras, y además te comés un garrón seguro."
Claro Don Caprio. Claro. Usar el arma no es lo mismo que usar las balas. Miré al mozo haciéndome el pelotudo y le pedí la cuenta, mientras asimilaba esa gran lección de vida. Don Caprio miró su cuaderno espiralado Norte con tapa dura, lleno de anotaciones en birome de distintos colores (él llevaba 4 Bics en el bolsillo) y me dijo "yo voy los martes a las 2 a tirar con unos amigos al Tiro Federal, llamame y te venís, son muchachos macanudos".
Tiré varias veces con la Browning. "Aflojá los hombros querido" ¡PUM!, "flexionando un poquito las rodillas Juancito" ¡PUM!, "Juaaancito carajo, cuando soltás el aire tirá" ¡PUM! Los muchachos macanudos eran macanudos en serio. Fui varias veces, casi siempre terminábamos tomando café en la confitería del Águila. Aprendí mucho de fierros. "Antes teníamos la Ballester Molina, que es la versión calcada de la Colt 1911, pero con el asunto de los derechos humanos la prohibieron porque el calibre 45 es considerado arma de guerra", me explicaba melancólico uno de ellos. Los muchachos macanudos andaban en bondi, con carterita de mano, mocasines y jeans berretas. Algunos tenían changas de custodios, otros de choferes, uno era sereno de un banco.
Don Caprio siempre llevaba el fierro y los papeles para hacerme la tenencia y portación, pero como yo no me decidía, se volvía a llevar todo con él. Pero siempre hablaba de la Browning como "la pistola de Juancito". Un día dejé de ir al tiro, después dejé de tener trámites y la verdad es que se me pasó un poco el entusiasmo de la novedad. Don Caprio y yo no hablamos por dos años. En eso, me surgió un viaje al exterior con quien por entonces era mi novia. Resultó que no tenía el pasaporte al día y obviamente lo llamé a Don Caprio. "Juaaaancito carajo, ¿en qué te puedo ayudar?" Hicimos el pasaporte de esta chica como por un tubo. Rápido, fácil, sin dramas, sin preguntas. Entre el llamado y el pasaporte impreso y calentito pasaron menos de 10 días. Volví al bar de los ratis un par de veces durante ese tiempo. Era verano, cerca de las fiestas, entonces el "toma algo caliente, querido", cambió por un "tomate algo fresco que hace calor". Don Caprio no tomaba alcohol casi, le gustaba la Seven Up. A mí las gaseosas me gustan cuando las sirven en un bar como ese. En vaso largo sobre una servilletita de papel blanca con borde celeste. Cuando te la abren con esos destapadores con forma de botella y te la traen con una hielera de hojalata con la pincita enganchada en el borde. Cuando te preguntan si le querés agregar un chorrito de Campari o de ginebra. La Seven Up con ginebra es un golazo.
Le regalé una campera de cuero que había comprado muy barata en Los Angeles, de las de estilo motoquero. Don Caprio decía que le recordaba a las que usaban los custodios de Perón. Era flaquito y chiquito Don Caprio. La campera le quedaba un poco graciosa. Pero él estaba muy contento. Viajé con esta chica, volvimos y a los meses nos separamos por decisión de ella. Yo quedé muy triste y bastante desorientado. Le había puesto muchas fichas. Para hacer una figura futbolística, había puesto 5 delanteros y 2 defensores. Y me liquidaron de contra. El trance me lanzó al psicólogo, en una experiencia que resultó tan cara como inconducente.
CONTINUARÁ.
Me reí, teniendo cuidado de no sonar burlón. Don Caprio se subió a mi carcajada dando por sentado que estábamos riéndonos del calzón cagado del boletero del cine.
Le dije que no sabía tirar. Bah, que en realidad nunca en mi vida había tirado. Entonces me explicó que eso era lo de menos. "Juancito, saber usar un arma no es lo mismo que saber disparar. Saber usar un arma es lograr que surta el efecto deseado sin tener que apretar el gatillo. Gastás balas, que son caras, y además te comés un garrón seguro."
Claro Don Caprio. Claro. Usar el arma no es lo mismo que usar las balas. Miré al mozo haciéndome el pelotudo y le pedí la cuenta, mientras asimilaba esa gran lección de vida. Don Caprio miró su cuaderno espiralado Norte con tapa dura, lleno de anotaciones en birome de distintos colores (él llevaba 4 Bics en el bolsillo) y me dijo "yo voy los martes a las 2 a tirar con unos amigos al Tiro Federal, llamame y te venís, son muchachos macanudos".
Tiré varias veces con la Browning. "Aflojá los hombros querido" ¡PUM!, "flexionando un poquito las rodillas Juancito" ¡PUM!, "Juaaancito carajo, cuando soltás el aire tirá" ¡PUM! Los muchachos macanudos eran macanudos en serio. Fui varias veces, casi siempre terminábamos tomando café en la confitería del Águila. Aprendí mucho de fierros. "Antes teníamos la Ballester Molina, que es la versión calcada de la Colt 1911, pero con el asunto de los derechos humanos la prohibieron porque el calibre 45 es considerado arma de guerra", me explicaba melancólico uno de ellos. Los muchachos macanudos andaban en bondi, con carterita de mano, mocasines y jeans berretas. Algunos tenían changas de custodios, otros de choferes, uno era sereno de un banco.
Don Caprio siempre llevaba el fierro y los papeles para hacerme la tenencia y portación, pero como yo no me decidía, se volvía a llevar todo con él. Pero siempre hablaba de la Browning como "la pistola de Juancito". Un día dejé de ir al tiro, después dejé de tener trámites y la verdad es que se me pasó un poco el entusiasmo de la novedad. Don Caprio y yo no hablamos por dos años. En eso, me surgió un viaje al exterior con quien por entonces era mi novia. Resultó que no tenía el pasaporte al día y obviamente lo llamé a Don Caprio. "Juaaaancito carajo, ¿en qué te puedo ayudar?" Hicimos el pasaporte de esta chica como por un tubo. Rápido, fácil, sin dramas, sin preguntas. Entre el llamado y el pasaporte impreso y calentito pasaron menos de 10 días. Volví al bar de los ratis un par de veces durante ese tiempo. Era verano, cerca de las fiestas, entonces el "toma algo caliente, querido", cambió por un "tomate algo fresco que hace calor". Don Caprio no tomaba alcohol casi, le gustaba la Seven Up. A mí las gaseosas me gustan cuando las sirven en un bar como ese. En vaso largo sobre una servilletita de papel blanca con borde celeste. Cuando te la abren con esos destapadores con forma de botella y te la traen con una hielera de hojalata con la pincita enganchada en el borde. Cuando te preguntan si le querés agregar un chorrito de Campari o de ginebra. La Seven Up con ginebra es un golazo.
Le regalé una campera de cuero que había comprado muy barata en Los Angeles, de las de estilo motoquero. Don Caprio decía que le recordaba a las que usaban los custodios de Perón. Era flaquito y chiquito Don Caprio. La campera le quedaba un poco graciosa. Pero él estaba muy contento. Viajé con esta chica, volvimos y a los meses nos separamos por decisión de ella. Yo quedé muy triste y bastante desorientado. Le había puesto muchas fichas. Para hacer una figura futbolística, había puesto 5 delanteros y 2 defensores. Y me liquidaron de contra. El trance me lanzó al psicólogo, en una experiencia que resultó tan cara como inconducente.
CONTINUARÁ.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Don Caprio. Capítulo 1.
A pedido del público voy a contar la historia de Don Caprio.
Corría el año 98. Yo planeaba irme de viaje y tenía que renovar el pasaporte. Mi amigo Norbi me pasa el dato de un señor que podía ayudarme, pero en vez de darme su teléfono me dio el de otra persona, con la instrucción de decir simplemente "hablo de parte de la señora Jacqueline de Dapsa". Sonaba misterioso el tema, pero mi amigo Norbi es un tipo sano y derecho, así que llamé sin mucho preámbulo. Efectivamente, una vez mencionada la contraseña, me tomaron el número de teléfono y me dijeron que me iban a llamar. Un par de horas más tarde, sonó mi Motorola Micro TAC. Atendí y del otro lado de la línea escuché: "Buenas tardes, soy Caprio, me dijeron que usted necesita hablar conmigo".
A los pocos días me encontré con él en un antiguo bar cercano al edificio de la Policía Federal ubicado en la calle Virrey Cevallos. Bar de luz ahumada, de olor a café, a licor y a manteca, de fórmica berreta, de cortado en vaso Durax y azúcar en terrones, de sánguches de crudo y queso sin corteza y con manteca. De vino con soda y hielo. Bar de teles prendidas con Crónica TV porque pasan la quiniela y los burros. De vitrina espejada con botellas de Hesperidina, de Legui, de Old Smuggler, de Grappa Valleviejo, de Ocho Hermanos. Bar de Ballester Molinas arriba de la mesa. No era un bar de estudiantes, no era un bar de oficinistas, ni un bar de levante, ni un bar de trampa, ni un bar de guachines que toman birra de litro y escuchan cumbia. Era un bar de ratis. Donde se habla bajito y no hay música. Se entra de a uno y siempre hay alguien esperando en la barra. Ratis. De alma. Ni vigilantes, ni buchones, ni fanáticos. Ratis.
Eran como las 8 de la mañana. Entré y lo reconocí de inmediato, parado junto a la barra, fumando Le Mans y leyendo el diario. Me miró y no dijo nada, pero en esa mirada mutua los dos supimos inmediatamente quienes éramos. Me acuerdo que hacía frío y lo primero que me dijo, doblando el diario meticulosamente a la mitad y señalando una mesa con el mentón fue "querido, sentate y tomá algo caliente".
Me ayudó con los pasaportes con una presteza y una economía de palabras extraordinarias. "Seguime querido", "firmá acá querido", hasta que el "querido" se transformó para siempre en "Juancito", que a veces, especialmente al atenderme el teléfono o al verme nuevamente, pasaba a ser un "Juaaancito, carajo".
Con el tiempo, me ayudó con otros trámites y yo le agradecí remiténdole clientes. Un día fui a verlo al bar para buscar unos papeles para mi madre y nos pusimos a hablar de bueyes perdidos. Se hizo un silencio. Don Caprio me miró fijo con una enorme ternura. Recuerdo que me sentí un poco incómodo, que me dio algo de pena el viejo. Miró hacia la ventana y entreabrió la boca. Me volvió a mirar con la boca entreabierta, como a punto de decir algo. Se mantuvo así unos segundos hasta que me dijo: "Juancito, vos tenés que andar calzado", y me extendió una Browning 9mm, sosteniéndola por el caño. "Es mía, registrada a personal policial. Hacemos los papeles y te la regalo." Yo apenas atiné a agarrar la pistola por el mango y colocarla encima de la mesa. Antes de articular palabra alguna, Don Caprio me dijo "Juancito, imaginate. Llegás con tu señora al cine, una película de mucho éxito, cartelito de no hay más localidades. Juaaancitoo... te acercás a la boletería y preguntás ¿hay entradas?". Al hacerlo, abrió levemente su campera, dejando entrever la sobaquera en la que él llevaba su propia arma. "Juaaaancito caraaaajo... ¿sabés
qué rápido aparecen las entradas..."
CONTINUARÁ.
Corría el año 98. Yo planeaba irme de viaje y tenía que renovar el pasaporte. Mi amigo Norbi me pasa el dato de un señor que podía ayudarme, pero en vez de darme su teléfono me dio el de otra persona, con la instrucción de decir simplemente "hablo de parte de la señora Jacqueline de Dapsa". Sonaba misterioso el tema, pero mi amigo Norbi es un tipo sano y derecho, así que llamé sin mucho preámbulo. Efectivamente, una vez mencionada la contraseña, me tomaron el número de teléfono y me dijeron que me iban a llamar. Un par de horas más tarde, sonó mi Motorola Micro TAC. Atendí y del otro lado de la línea escuché: "Buenas tardes, soy Caprio, me dijeron que usted necesita hablar conmigo".
A los pocos días me encontré con él en un antiguo bar cercano al edificio de la Policía Federal ubicado en la calle Virrey Cevallos. Bar de luz ahumada, de olor a café, a licor y a manteca, de fórmica berreta, de cortado en vaso Durax y azúcar en terrones, de sánguches de crudo y queso sin corteza y con manteca. De vino con soda y hielo. Bar de teles prendidas con Crónica TV porque pasan la quiniela y los burros. De vitrina espejada con botellas de Hesperidina, de Legui, de Old Smuggler, de Grappa Valleviejo, de Ocho Hermanos. Bar de Ballester Molinas arriba de la mesa. No era un bar de estudiantes, no era un bar de oficinistas, ni un bar de levante, ni un bar de trampa, ni un bar de guachines que toman birra de litro y escuchan cumbia. Era un bar de ratis. Donde se habla bajito y no hay música. Se entra de a uno y siempre hay alguien esperando en la barra. Ratis. De alma. Ni vigilantes, ni buchones, ni fanáticos. Ratis.
Eran como las 8 de la mañana. Entré y lo reconocí de inmediato, parado junto a la barra, fumando Le Mans y leyendo el diario. Me miró y no dijo nada, pero en esa mirada mutua los dos supimos inmediatamente quienes éramos. Me acuerdo que hacía frío y lo primero que me dijo, doblando el diario meticulosamente a la mitad y señalando una mesa con el mentón fue "querido, sentate y tomá algo caliente".
Me ayudó con los pasaportes con una presteza y una economía de palabras extraordinarias. "Seguime querido", "firmá acá querido", hasta que el "querido" se transformó para siempre en "Juancito", que a veces, especialmente al atenderme el teléfono o al verme nuevamente, pasaba a ser un "Juaaancito, carajo".
Con el tiempo, me ayudó con otros trámites y yo le agradecí remiténdole clientes. Un día fui a verlo al bar para buscar unos papeles para mi madre y nos pusimos a hablar de bueyes perdidos. Se hizo un silencio. Don Caprio me miró fijo con una enorme ternura. Recuerdo que me sentí un poco incómodo, que me dio algo de pena el viejo. Miró hacia la ventana y entreabrió la boca. Me volvió a mirar con la boca entreabierta, como a punto de decir algo. Se mantuvo así unos segundos hasta que me dijo: "Juancito, vos tenés que andar calzado", y me extendió una Browning 9mm, sosteniéndola por el caño. "Es mía, registrada a personal policial. Hacemos los papeles y te la regalo." Yo apenas atiné a agarrar la pistola por el mango y colocarla encima de la mesa. Antes de articular palabra alguna, Don Caprio me dijo "Juancito, imaginate. Llegás con tu señora al cine, una película de mucho éxito, cartelito de no hay más localidades. Juaaancitoo... te acercás a la boletería y preguntás ¿hay entradas?". Al hacerlo, abrió levemente su campera, dejando entrever la sobaquera en la que él llevaba su propia arma. "Juaaaancito caraaaajo... ¿sabés
qué rápido aparecen las entradas..."
CONTINUARÁ.
viernes, 28 de octubre de 2011
Dos cosas importantes.
1) En la vida se conocen muchos pelotudos. Pero de tanto en tanto aparece gente que vale la pena. Entonces te haces amigo y podes comprobar con alegría que el pavor al pelotudismo crea un lazo invisible que nada puede destruir. La amistad con los que valen la pena no te inmuniza, pero te mantiene alerta. Dios es justo y por eso te da un poco de cada cosa. Unos cuantos pelotudos, unos cuantos amigos. Está en vos entonces, querido lector. Si elegís bien sos amigo. Si elegís mal sos un pelotudo.
2) Escuchen a Duke Ellington.
2) Escuchen a Duke Ellington.
viernes, 14 de octubre de 2011
La campaña.
Como una forma de mantenerme cerca de mi país, escucho radio todo el día. Lo hago casi sin pensar, llevo el iPhone encima desde que me levanto hasta que me acuesto. Permanentemente escucho radio. En el trabajo, mientras ando en bicicleta, mientras leo, etc. En el último mes sonaron durante todo el día los spots de la campaña para las elecciones presidenciales. La arrolladora e indescontable diferencia que logró el oficialismo en las primarias, se traslada casi como un calco a la comunicación entre candidatos. Los spots de Frente para la Victoria son IMPECABLES. Están magistralmente escritos, ejecutados de manera cuidada, precisa, convincente. Mis felicitaciones a aquellos que trabajaron en esta campaña. Los de la oposición son de una puerilidad y de una inconsistencia alarmantes. Alfonsín es un remedo del padre. Una versión triste y desmejorada, con todo lo malo y nada de lo bueno. La diferencia que hay entre Raúl y Ricardo es la misma que hay entre un chorizo y un eructo de chorizo. La campaña de Rodriquez Saa en la que distintos imitadores recrean inconfundibles voces de nuestra cultura popular (Charly García y el Polaco Goyeneche entre otros) es digna de los programas de radio matutinos de los 80 en los que Carlitos Russo y Miguel Ángel Cherutti hacían las delicias de los oyentes. Aquello era gracioso porque buscaba hacer reír. La campaña es patética porque no busca hacer reír, busca convencer a la gente de que vote a alguien para manejar al país. En el caso de Duhalde, sus frases radiales que basan su discurso en la "idoneidad", aún con toda la carga de desfachatez que le imprimen el hecho de haber sido él mismo el que encumbró a quienes hoy discute, no resultan tan impresentables como su raid mediático en el que asegura tener "grandes chances" de llegar a una segunda vuelta. ¿Alguien puede pensar que esa visión tan distorsionada de la realidad es adecuada para manejar los destinos de un país? El resto, nada destacable. Todo gris, todo parte del paisaje, nada de relieve.
En cualquier ámbito de la vida, dejando de lado los sentimientos, lo único que realmente hace la diferencia son las ideas. Ideas para gobernar un país. Ideas para convencer a la gente de que tu idea es buena. Ideas para mostrar que sos mejor que el otro o, al menos, que tenés algo distinto para ofrecer.
En cualquier ámbito de la vida, dejando de lado los sentimientos, lo único que realmente hace la diferencia son las ideas. Ideas para gobernar un país. Ideas para convencer a la gente de que tu idea es buena. Ideas para mostrar que sos mejor que el otro o, al menos, que tenés algo distinto para ofrecer.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Choteles.
Por mi trabajo suelo viajar bastante. Me hospedo en hoteles de gran categoría en distintas ciudades, generalmente dentro de Estados Unidos. También México, Argentina y ocasionalmente Brasil. Salvo excepciones, en todos estos establecimientos rige un modo muy particular de dirigirse al pasajero. Un modo que no comparto en absoluto, que es una mezcla de cortesía prefabricada, sometimiento a las reglas corporativas y falta de personalidad. Cuando llegué al Sofitel Arroyo, en Buenos Aires, un conserje llamado Néstor me saludó con un "bonjour señor Lagos". En el Palacio Duhau, cada empleado que tuvo contacto conmigo, ya sea para servirme un café con leche, para darme una frazada o para abrirme la puerta del taxi, me espetó un "es un placer". En el Unique de San Pablo, en lugar del consabido "qué tal su estadía con nosotros", me preguntaron "¿disfrutó de su experiencia Unique?". En el Marriott de México D.F., una mañana de feriado, me dirigí a desayunar. No había nadie en el salón, excepto un mozo y yo. El mozo insistía en servirme, a pesar de regir en el lugar la modalidad autoservice. Le expliqué que no era necesario ya que estaba apurado y prefería hacerlo yo mismo. Me dijo "lo hacemos con gusto para su comodidad (?)". Fue una escena surrealista, los dos solos en un amplio salón, cada uno atento al otro. El mozo para tacklearme si yo osaba levantarme de la mesa a buscar una feta de queso y yo esperando su distracción para liberarme de su pegajosa obsesión servil. En el W, también de México DF, el arquitecto decidió en nombre de la modernidad y lo "cool", colocar la flor de la ducha en la mitad del techo del baño. Con lo cual había que abrir las canillas y luego caminar unos pasos hasta llegar al chorro. En el SLS de Beverly Hills, pedí un Negroni y el imbécil que oficia de bartender me lo sirvió refrescado en copa de Martini. Cuando se lo mandé de vuelta, especificando cómo lo quería (en vaso old fashioned, con hielo y una rodaja de naranja) me respondió que nunca nadie le había mencionado esa variante. Le expliqué que esa "variante" era ni más ni menos que el verdadero Negroni, versión reforzada del "Americano" (reemplaza la soda por gin) creada en Firenze por el Conde Camilo Negroni hace casi 100 años.
Los hoteles de lujo no emplean gente culta, viajada, con sentido común y categoría. Emplean jovencitos y jovencitas obsesionados por el detalle pretencioso, por la palabrita distintiva repetida mecánicamente y por una dosis de falsa originalidad absurda e insufrible.
Como todo en la vida, esto también tiene la otra cara de la moneda. Hoteles en los que la categoría no depende de un manual de procedimiento. Donde los empleados tienen juego propio y personalidad. Ejemplos concretos: The Drake Hotel, en Chicago. Otrora cuartel general de Alphonse Capone. Trabaja ahí un mozo hawaiano de 80 y pocos, que vio acción en la Segunda Guerra. Extraordinario, culto, ubicado, preciso. El Copacabana Palace de Rio de Janeiro. Hace varios años me encontraba ahí brindando por mi cumpleaños con mis más queridos amigos. Por tratarse de un hotel de estilo francés, decidimos tomar Remy Martin. Nuestro presupuesto alcanzaba sólo para un VSOP. En medio del brindis llegó una señora borracha y empezó a molestarnos. A los pocos minutos, fue llevada de las pestañas por un miembro del staff del hotel. Acto seguido, se acercó el barman, de impecable saco bordó con solapas negras con una botella de Hennessy XO Magnificence. Nos la obsequió en nombre del hotel para que "olvidemos el mal momento". Un grande de verdad.
En el Waldorf Astoria, de New York, conocí a una mucama que me contó que en ese momento estaba festejando sus bodas de brillante (75 años) una pareja de ancianos de 90 y pocos años, en la misma habitación en la que habían pasado su noche de bodas. También me explicó cómo el chef Oscar Tschirky dejó su trabajo en Delmonico's para convertirse en el jefe de cocina del hotel y crear la ensalada Waldorf, cuya receta manuscrita aún conservan bajo siete llaves. Con lágrimas en los ojos me dijo "yo siento orgullo de trabajar en este hotel".
A veces pienso que son cosas sin importancia. Hasta parecen trivialidades de viajero caprichoso. Pero no. La realidad es que son claros indicios del deterioro de la raza humana.
Los hoteles de lujo no emplean gente culta, viajada, con sentido común y categoría. Emplean jovencitos y jovencitas obsesionados por el detalle pretencioso, por la palabrita distintiva repetida mecánicamente y por una dosis de falsa originalidad absurda e insufrible.
Como todo en la vida, esto también tiene la otra cara de la moneda. Hoteles en los que la categoría no depende de un manual de procedimiento. Donde los empleados tienen juego propio y personalidad. Ejemplos concretos: The Drake Hotel, en Chicago. Otrora cuartel general de Alphonse Capone. Trabaja ahí un mozo hawaiano de 80 y pocos, que vio acción en la Segunda Guerra. Extraordinario, culto, ubicado, preciso. El Copacabana Palace de Rio de Janeiro. Hace varios años me encontraba ahí brindando por mi cumpleaños con mis más queridos amigos. Por tratarse de un hotel de estilo francés, decidimos tomar Remy Martin. Nuestro presupuesto alcanzaba sólo para un VSOP. En medio del brindis llegó una señora borracha y empezó a molestarnos. A los pocos minutos, fue llevada de las pestañas por un miembro del staff del hotel. Acto seguido, se acercó el barman, de impecable saco bordó con solapas negras con una botella de Hennessy XO Magnificence. Nos la obsequió en nombre del hotel para que "olvidemos el mal momento". Un grande de verdad.
En el Waldorf Astoria, de New York, conocí a una mucama que me contó que en ese momento estaba festejando sus bodas de brillante (75 años) una pareja de ancianos de 90 y pocos años, en la misma habitación en la que habían pasado su noche de bodas. También me explicó cómo el chef Oscar Tschirky dejó su trabajo en Delmonico's para convertirse en el jefe de cocina del hotel y crear la ensalada Waldorf, cuya receta manuscrita aún conservan bajo siete llaves. Con lágrimas en los ojos me dijo "yo siento orgullo de trabajar en este hotel".
A veces pienso que son cosas sin importancia. Hasta parecen trivialidades de viajero caprichoso. Pero no. La realidad es que son claros indicios del deterioro de la raza humana.
sábado, 27 de agosto de 2011
El cine ya está todo hecho.
Sostengo que el cine como expresión artística ya está agotado. Se filmó todo lo que se tenía que filmar y los payasos que hacen películas ahora no le podrían ni lustrar los zapatos a los verdaderos cineastas.
Primera prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=Myo2vOIGvLQ
Segunda prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=eeVq1e6JKlw
Tercera prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=GnxXlSKlc_Q
Cuarta prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=bBtXfBdEXEs
Quinta prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=dS5eez_f4d8&feature=related
Primera prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=Myo2vOIGvLQ
Segunda prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=eeVq1e6JKlw
Tercera prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=GnxXlSKlc_Q
Cuarta prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=bBtXfBdEXEs
Quinta prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=dS5eez_f4d8&feature=related
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